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miércoles, noviembre 19, 2008

viva-chile.cl: Las nuevas trincheras

Las nuevas trincheras

Gonzalo Rojas Sánchez | Sección: Historia, Sociedad
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Hoy era –90 años atrás– el primer día de la paz, o al menos, del armisticio. Doce de noviembre de 1918: millones de europeos y estadounidenses podían, por fin, mirar hacia adelante y salir de las trincheras sin ser ametrallados.

Las trincheras fueron, durante cuatro años y medio, el ámbito de la vida (y hasta gran poesía se escribió en ellas) pero, sobre todo, fueron el repugnante hoyo en que las ratas y la sangre se hicieron mazamorra mortal.

Quizás por eso mismo la palabra trinchera quedó vinculada a la agresividad, a la muerte, a la carencia de sentido, porque –no se olvide nunca– distaban unas de otras sólo unas decenas de metros y, por hacerlas avanzar esos pocos pasos, murieron cientos de miles, millones.

Periodismo de trinchera, políticos de trinchera, personas atrincheradas en sus instituciones: todas esas expresiones y otras similares, pasaron a ser peyorativas, descalificatorias. Nadie quería estar en una trinchera.

Pero los combates continuaron todo el siglo, y hasta hoy, sin tregua. Se ha luchado en la educación y en la historia, se ha combatido en la economía y en la moral, se han enfrentado posiciones en la familia y en el derecho; y en casi todo lo demás.

Los que han descalificado a los atrincherados, ciertamente han asumido otras posiciones de combate; han sido francotiradores o artilleros pesados, pero siempre han apuntado a dos objetivos fundamentales: primero, denunciar a los atrincherados y conseguir así su rendición y, segundo, hacer explotar los reductos de los que han perseverado en la defensa de sus posiciones.

Así fueron siendo demolidas las tradiciones y las costumbres, la decencia y el sentido común, las espiritualidades y las formas estéticas, la seguridad y las confianzas. Nada de raro tiene que en ese clima surgieran el miedo y la angustia y que muchos, no simbólica sino realmente, levantaran nuevas alambradas –muchas ahora con cerco eléctrico– para protegerse de los males que los acechaban.

Pero eso no sirve. Las alambradas no disuaden ya al invasor, que dispara con tutti.

Sólo una nueva línea de trincheras, formada por valientes que estén dispuestos a defender posiciones y, cuando sea del caso, a salir en descubierta al debate y a la discusión, a la confrontación electoral y al concurso por las cátedras, al artículo de prensa y a la entrevista de TV, podrá detener la ofensiva rival.

Pocos son los decididos; muchos parecen haberse dormido por efectos del gas mostaza. Pero aún hay heroísmo, ciudadanos.

Gonzalo Rojas Sánchez | Sección: Historia, Sociedad
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Hoy era –90 años atrás– el primer día de la paz, o al menos, del armisticio. Doce de noviembre de 1918: millones de europeos y estadounidenses podían, por fin, mirar hacia adelante y salir de las trincheras sin ser ametrallados.

Las trincheras fueron, durante cuatro años y medio, el ámbito de la vida (y hasta gran poesía se escribió en ellas) pero, sobre todo, fueron el repugnante hoyo en que las ratas y la sangre se hicieron mazamorra mortal.

Quizás por eso mismo la palabra trinchera quedó vinculada a la agresividad, a la muerte, a la carencia de sentido, porque –no se olvide nunca– distaban unas de otras sólo unas decenas de metros y, por hacerlas avanzar esos pocos pasos, murieron cientos de miles, millones.

Periodismo de trinchera, políticos de trinchera, personas atrincheradas en sus instituciones: todas esas expresiones y otras similares, pasaron a ser peyorativas, descalificatorias. Nadie quería estar en una trinchera.

Pero los combates continuaron todo el siglo, y hasta hoy, sin tregua. Se ha luchado en la educación y en la historia, se ha combatido en la economía y en la moral, se han enfrentado posiciones en la familia y en el derecho; y en casi todo lo demás.

Los que han descalificado a los atrincherados, ciertamente han asumido otras posiciones de combate; han sido francotiradores o artilleros pesados, pero siempre han apuntado a dos objetivos fundamentales: primero, denunciar a los atrincherados y conseguir así su rendición y, segundo, hacer explotar los reductos de los que han perseverado en la defensa de sus posiciones.

Así fueron siendo demolidas las tradiciones y las costumbres, la decencia y el sentido común, las espiritualidades y las formas estéticas, la seguridad y las confianzas. Nada de raro tiene que en ese clima surgieran el miedo y la angustia y que muchos, no simbólica sino realmente, levantaran nuevas alambradas –muchas ahora con cerco eléctrico– para protegerse de los males que los acechaban.

Pero eso no sirve. Las alambradas no disuaden ya al invasor, que dispara con tutti.

Sólo una nueva línea de trincheras, formada por valientes que estén dispuestos a defender posiciones y, cuando sea del caso, a salir en descubierta al debate y a la discusión, a la confrontación electoral y al concurso por las cátedras, al artículo de prensa y a la entrevista de TV, podrá detener la ofensiva rival.

Pocos son los decididos; muchos parecen haberse dormido por efectos del gas mostaza. Pero aún hay heroísmo, ciudadanos.

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Rodrigo González Fernández
Diplomado en RSE de la ONU
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